La Alegoría de la Caverna
April 28th, 2008 by
Patricia y Gustavo
Sócrates: …En una caverna subterránea, con una entrada tan grande como la caverna toda, abierta hacia la luz imagina hombres que se hayan ahí desde que eran niños, con cepos en el cuello y en las piernas, sin poder moverse ni mirar en otra dirección sino hacia delante impedidos de volver la cabeza a causa de las cadenas. Y lejos y en alto, detrás de sus espaldas arde una luz de fuego, y en el espacio intermedio entre el fuego y los prisioneros, asciende un camino, a lo largo del cual se levanta un muro, a modo de los reparos colocados entre los titiriteros y los espectadores, sobre los que ellos exhiben sus habilidades.
Glaucón: Me lo imagino perfectamente.
Sócrates: Contempla a lo largo del muro hombres que llevan diversos vasos que sobresalen sobre el nivel del muro, estatuas y otras figuras animales en piedra o madera y artículos fabricados de todas las especies… ¿crees que los prisioneros puedan ver alguna otra cosa, de sí mismos y de los otros, sino la sombra proyectada por el fuego sobre la pared de la caverna que está delante de ellos? …¿y también de la misma manera respecto a los objetos llevados a lo largo del mundo? Y si pudieran hablar entre ellos, ¿no crees que opinarían de poder hablar de estas [sombras] que ven como si fueran objetos reales presentes? …Y cuando uno de ellos fuese liberado, y obligado a alzarse repentinamente, y girar el cuello y caminar, y mirar hacia la luz… ¿no sentiría dolor en los ojos, y huiría, volviéndose a las sobras que puede mirar, y no creería que estas son más claras que los objetos que le hubieran mostrado?… Y si alguien lo arrastrase a la fuerza por la espesa y ardua salida y no lo dejase antes de haberlo llevado a la luz del sol, ¿no se quejaría y se irritaría de ser arrastrado, y después, llevado a la luz y con los ojos deslumbrados, podría ver siquiera una de las cosas verdaderas?
Glaucón: No, ciertamente, en el primer instante.
Sócrates: Sería necesario que se habituase a mirar los objetos de allá arriba. Y al principio vería más fácilmente las sombras, y después, las imágenes de los hombres reflejadas en el agua y, después, los cuerpos mismos; en seguida, los cuerpos del cielo, y al mismo cielo le sería más fácil mirarlos de noche …y, por último, creo, el mismo Sol… por si mismo, …Después de eso, recién comprendería que el Sol… regula todas las cosas en la región visible y es causa también, en cierta manera, de todas aquellas [sombras] que ellos veían… Pues bien, recordando la morada anterior, ¿no crees que él se felicite del cambio y experimente conmiseración por la suerte de los otros?… Y considera aun lo siguiente: si volviendo a descender ocupase de nuevo el mismo puesto ¿no tendría los ojos llenos de tinieblas, al venir inmediatamente del Sol?… Y si tuviese que competir nuevamente con los que habían permanecido en los cepos, para distinguir esas sombras, ¿no causaría risa y haría decir a los demás que la ascensión, deslumbrándolo, le había gastado los ojos?… Pero si alguno tuviese inteligencia… recordaría que las perturbaciones en los ojos son de dos especies y provienen de dos causas: el pasaje de la luz a las tinieblas y de las tinieblas a la luz. Y pensando que lo mismo sucede también para el alma… indagaría si, viniendo de vidas más luminosas, se encuentra oscurecida por la falta de hábito a la oscuridad, o bien si, llegando de mayor ignorancia a una mayor luz, está deslumbrada por el excesivo fulgor.
La República. Platón. Libro VII, 1-3, 513-18. Trad. De R. Mondolfo.
Platón (en griego Πλάτων) (circa. 427 adC/428 adC – 347 adC) fue un filósofo griego, alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles. Cuánto del contenido y de los argumentos es obra de Sócrates o de Platón, es difícil decir, por cuanto el primero no creía en la evidencia escrita de sus enseñanzas.
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“Michael Persinger ha referido que la estimulación electromagnética de ciertas regiones del cerebro, a través del cráneo, llegó a producir en el propio experimentador la sensación de la presencia divina, aún siendo él agnóstico. Por tanto, es muy posible que las estructuras del sistema límbico (el hipotálamo y la amígdala) sean responsables de estas vivencias que han sido tan importantes no sólo en la historia de la humanidad, sino también en la experiencia humana de la trascendencia y sus consecuencias de tipo místico y religioso.
“La emoción más hermosa y profunda que podemos experimentar es la sensación de lo místico. Es la semilla de toda ciencia verdadera. Aquél que es ajeno a esta emoción, aquél que no puede maravillarse y quedar sobrecogido de terror ante el misterio del cosmos está, de hecho, muerto.
La Tierra, como todo organismo vivo, tiene su aura. Se trata de un halo luminoso fotocromático en el que cada gama vibra en una frecuencia, que genera un determinado nivel energético y que conforma el campo electromagnético del planeta. Este campo electromagnético está conformado por la suma y la combinación de todos los campos electromagnéticos (auras) individuales de cada uno de los seres que la habitan. Del mismo modo que cada uno de esos seres generan un vibración, un sonido, que combinados generan una suerte de sinfonía galáctica que es la música del planeta.